Un glaciólogo mexicano y la fundación colombiana Cumbres Blancas investigan qué les espera a los países que pierden sus glaciares tropicales. Combinando métodos modernos y tradicionales están midiendo el retroceso. Les acompañamos.
[Texto y fotos. Publicado en la sección PLANETA FUTURO, de El País, el 17 de mayo de 2021]
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ATARDECE a 5.350 metros de altitud y las sombras proyectadas sobre el hielo comienzan a estirarse en sentido opuesto al de la mañana. Ni siquiera se ve ya la última cordada de montañeros que ha intentado hacer cima, tres puntitos negros en mitad del blanco que, tal vez con algún problema de aclimatación, pasaron cerca de Memo Ontiveros con un ritmo lentísimo pero, tras gritar que estaban bien, desaparecieron glaciar abajo. Ahora, Ontiveros —menudo, barba negra algo afilada, piel quemada aunque él diga que no se quema— es la persona que se encuentra más arriba en todo México, y apenas ha recogido de nuevo su artilugio, que no es precisamente una mochila. Lleva todo el día trabajando en el glaciar con su casco, lentes polarizados y crampones, y dice que no quiere saber la hora. Pero son las cuatro y media.
—Uy. Vámonos. Es tardísimo.
Memo y siete ayudantes han pasado el día sobre el glaciar de Jamapa, en el Citlaltépetl o Pico de Orizaba, un volcán latente pero activo que con 5.675 metros poco consensuados es el techo del país, y el descenso puede complicarse si oscurece, más aún al llevar la tamalera a espaldas. Quienes buscan coronar la cima salen del refugio de Piedras Grandes (4.260 metros) antes del amanecer, incluso a medianoche, y para tener una bajada segura tratan de llegar arriba cuando mucho al mediodía, por muy azul intenso que esté el cielo. Pero ni Memo ni el equipo de la fundación colombiana Cumbres Blancas ha venido aquí a hacer cima. Él es uno de los pocos glaciólogos mexicanos y accedió a colaborar con esta organización que trata de visibilizar los últimos glaciares tropicales. Pero en México solo queda este, en la cara norte del Pico, y Memo, que no puede elegir glaciar, apura el día hasta las cuatro y media. Y eso es tardísimo.
5.100 metros
Cuando Marcela Fernández Barreneche leyó aquella entrevista en Medellín, probablemente en manga corta, se enteró de muchas cosas: que Colombia, su país, tenía glaciares, que tuvo más pero aún quedaban seis y que allí existían los glaciólogos. O al menos uno, Jorge Luis Ceballos. A sus 30 años, ella —también bajita, cabello largo y llena de energía— ya había vendido dulces en la escuela, tratado de exportar café, montado una empresa de turismo responsable e impulsado PazAbordo, una caravana multicolor que, llena de activistas, recorrió 8.000 kilómetros promoviendo el diálogo en regiones convulsas de Colombia. En 2019, Marcela contactó a Ceballos y fundó Cumbres Blancas. Y aunque no está claro que el glaciar del Pico de Orizaba sea plenamente tropical, después de actuar en otros de Colombia, Venezuela o Ecuador, ella sabía que compartía con ellos características y urgencias. Por eso escribió a Heidi Sevestre, una conocida glacióloga francesa, y ella a Memo Ontiveros. E invitaron a expertos y alpinistas mexicanos, y la himalayista Elsa Ávila, la escaladora en hielo Ixchel Foord y los fotógrafos especializados Alfredo Morán y Enrique Barquet, entre otros, se sumaron al proyecto.
Esta mañana, tras cuatro días instalado en el refugio entre preparativos, Memo no ha madrugado tanto. Ha acampado más arriba, al pie del glaciar, y, ya con luz, asciende unos metros sobre el hielo crujiente mañanero, lee 5.100 en su altímetro de mano y dice que la primera parada de la tamalera hay que hacerla ahí. La tamalera, una olla a vapor, es en realidad una perforadora que funciona como un bóiler, un calentador que, conectado a la red de gas, permitiría una ducha caliente. Esta, también a gas, recibe nieve por arriba, la derrite y obtiene el vapor con el que, apuntando con una manguera y un aplicador, ahora el vulcanólogo Juan Ramón de la Fuente está abriendo lentamente en el hielo un orificio vertical de ocho metros. Memo dice que la tamalera la compró el equipo de Hugo Delgado —mentor de su generación, exdirector del Instituto de Geofísica de la UNAM y coordinador en la UNESCO—, que la fabricó un noruego y que no es la única que existe, porque sus colegas andinos utilizan similares.
A su lado, Marcela y otra ayudante toman muestras de nieve para medir en ella el carbono que llega desde las ciudades. Hoy, los estudios químicos complementan a los radares y a la fotogrametría digital aérea, que permiten calcular la masa helada, pero Memo insiste en perforar el hielo para insertar series de balizas, grupos de cinco finos tubos de PVC que, atados con nylon, sumarán diez metros cada uno. De forma puntual y luego extrapolando datos, permitirán leer, siempre que uno suba hasta aquí, los centímetros de hielo que se han perdido.
—Cada instrumento es para distinta cosa. En Europa puedes manejar bastante bien un dron a 4.000 metros, y aunque algunos vuelan a 6.000, aquí tenemos problemas con la densidad del aire. La baliza te dice cuánto es nieve y cuánto es hielo, y eso no lo da un método a distancia.
5.200 metros
Otro puntito muy veloz acaba de pasar glaciar arriba, con apenas un par de bastones, tratando de hacer cumbre y de bajar al pueblo de Hidalgo en cuatro horas. Es Santiago Carsolio. Su colega Max Álvarez, trailrunner como él, aparece vestido como quien entrena en verano por la playa. Ha subido como apoyo y mientras tanto observa los trabajos del equipo, pero enseguida se despide porque su amigo vuela montaña abajo. “Creo que correr montañas es mi medio de convivir con ellas”, decía Carsolio, la víspera, en una cabaña de Hidalgo. “Pero el cambio de los glaciares es impactante. Acabo de ir al Iztaccíhuatl (5.215 metros) después de seis años, y el de Ayoloco no lo reconocía”.
Algunos expertos tampoco reconocen Ayoloco, el glaciar del Iztaccíhuatl, porque ya no se desplaza, y lo han degradado, como el del Pecho, a la categoría de simples hielos. Por eso el de Jamapa va a ser el último glaciar de México, si no lo es ya, y en Hidalgo no hacen sino añadir evidencias. Juan Guarneros, único guarda hoy del Parque Nacional Pico de Orizaba, recordaba el glaciar que subió por primera vez de adolescente, en 1987.
—Han desaparecido unas tres cuartas partes de lo que lo habíamos conocido. Desconozco cuándo se va a terminar, pero creo que va a ser muy pronto.
5.300 metros
La tamalera pesa, y más a esta altitud donde la ladera se ha empinado. Todo el mundo ayuda a portear equipo, aquí no hay dron que valga, aunque una vez Hugo Delgado consiguió apoyo de un helicóptero que les permitió saltar en un pequeño rellano a 5.000 metros. Ahora, a 5.300 metros muy inclinados, lo urgente es anclar bien el material y reiniciar la tamalera. Un ayudante le acopla un cilindro nuevo de gas y otro hace llama tras abrirle la trampilla, pero está costando horrores.
—¿Y no será porque hay menos oxígeno, o por la presión de la altitud, que cuesta más? —pregunta uno de ellos.
—Claro —responde Memo—, ¡pero seguro que el noruego no tuvo en cuenta eso!
A estas horas, la vida ya sucede abajo. Todo lo que aparece sobre el hielo del glaciar son mariposas, o alas de mariposa rotas. El viento las eleva, las saca de su ruta y mueren congeladas. A veces también vuelan restos de hoja de maíz. Al oriente, la selva veracruzana es un completo mar de nubes, pero a poniente, el estado de Puebla es un llano ocre de campos polvorientos donde surgen remolinos aún visibles desde aquí. Los llaman diablitos. Más lejos, el horizonte se oscurece sobre Puebla capital y algunos bosques aún rodean La Malinche, un volcán extinto. Ahora, lo único que exhala es la columna inconfundible de un incendio.
La amenaza más conocida son los talamontes, madereros ligados al crimen organizado, pero al llegar al Parque Nacional del Pico de Orizaba, en la garita de control no hay nadie para cobrar entrada, y una vez dentro se ven rebaños rebuscando entre tierra negra, humeante y empolvada, junto a pinos chamuscados. Juan Guarneros, que además de guarda es vigilante comunitario, dice que hay visitantes incautos, pero que a menudo lo incendian los propios pastores, incluso saben quiénes, y así, sin apenas vigilancia, obtienen brotes nuevos y evitan cultivar forraje. Y claro, al glaciar no le queda mucho, pero además, sin árboles tampoco vienen lluvias. Él, que ha reforestado mucho junto al Parque, cree que hay soluciones, pero les faltan medios y siente que la realidad les gana. “Tememos que se termine el agua. A consecuencia del cambio climático y de los incendios, es impresionante lo que ha disminuido. Mi mamá vive en Tlachichuca, en su casa cae [agua del grifo] cada 20 días y si no tiene cómo almacenar sí la va a sufrir. Nosotros ya estamos pasando, pero me pregunto qué van a sufrir mis hijos cuando el agua se termine. Acá jamás vamos a sacar de un pozo si no se recargan los mantos acuíferos”.

El descenso
Dejamos las balizas más altas clavadas a 5.350 metros, junto a una grieta oscura de un palmo de ancho que se aleja entre penitentes, formas puntiagudas que quedan cuando la radiación es tal que el hielo circundante pasa directamente a estado gaseoso. Memo dice que esas grietas no son peligrosas para las personas. En cambio, en su tesis doctoral sí pronosticó que el glaciar se dividiría en tres: la parte superior se fundiría, la inferior se encogería y en el centro, encajonada en un canal, quedaría otra masa que ya no sería un cuerpo vivo que pierde y recupera hielo y se desplaza sutilmente. Su pronóstico es para 2039. Eso, claro, mientras el volcán no se reactive, porque entonces, recuerda De la Fuente, el glaciar se fundiría como el del Popocatépetl y podría provocar deshielos torrenciales. Lo que se busca al predecir cómo y cuándo desaparecerán los glaciares, además de asociarlo a nuestra huella de carbono, es preparar el cambio, tal como está haciendo Perú con sus cochas, pozas ancestrales para captación de agua. Otra fuente del Parque explicará que su presupuesto es inferior al de otros parques nacionales y que no tiene visos de subir, que la ley tampoco disuade de la quema al pastor, aunque confía en que, en unos años, despunten cuatro millones de Pinus hartwegii que ya están arraigados, muchos aún mínimos, ocultos entre los pastizales. Para Memo, los gobiernos regionales que mejor han reaccionado al retroceso —han creado institutos y formado glaciólogos— son los que más dependen del agua de sus glaciares, y no es el caso de México.
Una vez, de tarde que era, su linterna rodó glaciar abajo y Memo, en serio peligro de congelación, pasó la noche agazapado, casi metido en su mochila. Ahora baja el último, meditando, y su sombra alargada sigue deteniéndose a medir viejas balizas que quedaron de campañas de años previos. Él, científico, aprecia la lucidez que le da la montaña cuando está a solas con ella, aunque sabe de primera mano que para muchos pobladores, los intrusos, a los volcanes, no hacen sino enfadarlos. En Colombia, por ejemplo, algunos glaciares están en territorio indígena, que es sagrado y restringido. En Islandia dedicaron un funeral y grabaron una placa al Okjökull, su glaciar perdido. Unos pocos días después, Hugo Delgado invitará a Memo a colocar otra placa en Ayoloco, mientras Marcela proponía otro funeral para el glaciar en pleno Zócalo de la Ciudad de México.
Es tardísimo, incluso han surgido las primeras nubes, pero también es el momento clave. Desandar un glaciar que lleva horas absorbiendo radiación solar significa clavar, a cada paso, diez puntas metálicas sobre un mar espumoso que se ha vuelto delicadísimo cristal. Al detenerse, además de esos cientos de fragmentos se oyen riachos subterráneos, decenas de sonajeros en una inmensidad en la que, absurdamente, el humano más grande es apenas más notorio que una mariposa. Memo baja sospechosamente lento, preocupado por llegar abajo con una tamalera que le pesa más que nunca. Pero él, que lee el tiempo en centímetros, también dirá que no puede estar satisfecho mientras el glaciar siga menguando. Extrapolado a dos décadas y a todos sus atardeceres, ese rumor de agua constante equivale a decir adiós al último glaciar.

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